Parece que después de casi dos meses metido en este mundo, empiezo a ver las cosas más claras y con otra perspectiva. Una reflexión con una gran carga positiva en muchos aspectos, pero con otros que no me esperaba.
Ser entrenador, ya no ser un buen entrenador nisiquiera, implica muchas más responsabilidades de las que pueda parecer, siempre que se tomen en serio las cosas, claro. A parte de unos conocimientos básicos del deporte, de las reglas y de la técnica, hay que saber adaptarse a las condiciones físicas y al aprendizaje de los jugadores para poder sacar algo de ellos, no por eso bajando el ritmo a los demás. Hay que ser profesor y psicólogo, enseñar y saber cómo ha de hacerse y corregir de la mejor manera posible. Pero no todo se plasma en la pista como uno lo tenía visualizado en su mente y hay que hacer adaptaciones, cambios necesarios, ideas que surgen sobre la marcha y mejoran los ejercicios...
En definitiva, es todo un señor trabajo, con todas las dificultades que implica y con todas sus ventajas, sobretodo cuando uno disfruta enseñando un deporte que le ha dado tanto, el baloncesto.
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